diciembre 10, 2015

Una de las operaciones más comunes y conocidas por la gente es la de extirpar las amígdalas. Esas protuberancias en la garganta que forman parte del sistema linfático, que no despiertan ninguna reacción hasta que empiezan a doler.

Un dolor en las amígdalas, usualmente por alguna infección, puede inhabilitarnos por días y si dependiendo de la gravedad y constancia del problema, llegar hasta el punto de literalmente cortar por lo sano y extirparlas. La principal razón para extirpar las amígdalas en adultos es que los médicos llaman la “amigdalitis bacteriana recurrente” o crónica.

Mucho se habla de dicha operación, sin embargo, son muchos los mitos que rodean la realidad de esta intervención quirúrgica. La sabiduría popular se ha encargado de sembrar en la mente de los pacientes un sin número de creencias, en su mayoría no del todo ciertas.

Por ejemplo, abundan opiniones de que es peligroso sacarlas, porque son nuestra primera barrera defensiva, que contraerá más enfermedades respiratorias si extrae sus amígdalas, que es mejor sacarlas cuando niños que ya adultos y que, si se las sacan, lo mejor es comer helado.

A menudo escuchamos que las amígdalas son “nuestra primera barrera” ante potenciales enfermedades respiratorias. Pero, ¿realmente lo son? Especialistas aseguran que después de los 6 o 7 años las amígdalas no cumplen ninguna función. Las amígdalas son importantes para el desarrollo del sistema inmunológico y de anticuerpos en los niños hasta los 6 años.

Otros que aseguran que es mejor sacarse las amígdalas en la niñez. Sin embargo, en general las razones más comunes para extirpar las amígdalas son distintas en niños que en adultos. Lo más común en adultos es extirpar las amígdalas por la repetición de cuadros de amigdalitis, mientras en los niños la principal razón para sacarlas es la apnea de sueño, ronquidos o dificultades para respirar.

La más deliciosa de todas las ideas, es la que dice que comer helado ayuda al proceso de recuperación. Y ciertamente, la consistencia del helado lo hace un elemento apto para que el paciente se alimente en el posquirúrgico, ya que no le raspa las heridas que produce la cirugía.

Por estar frío evita que se produzca la vasodilatación y evita el riesgo de sangrado. Sin embargo, es bueno aclarar que no tiene poderes analgésicos.

Y por último, el mito de que una amigdalectomía es una operación sencilla y rápida. Normalmente -y sin complicaciones- no debiera durar más de un par de horas, pero el proceso postoperatorio toma un poco más. En general, al paciente se le recomienda reposo entre 10 y 20 días después de la operación.